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Álvaro y Yolanda paseaban por la Explanada de España. Era sábado y había mucha gente en las terrazas de los bares, a la sombra de las palmeras. Hacía muy bien tiempo, soleado y sin nubes. Se sentaron en un banco frente al mar para descansar un rato. Era un día muy especial. Celebraban su sexto aniversario de novios. Álvaro era de Alicante, como toda su familia. Era un hombre de 32 años, alto, de pelo corto castaño y piel morena. Trabajaba como funcionario en Hacienda desde hacía ocho años, ya que aprobó la oposición muy joven. Yolanda era de Elda, una ciudad a cuarenta kilómetros de Alicante, pero su familia era de Murcia. Era una mujer de 30 años, bajita, delgada y morena, con media melena lisa. Antes trabajaba como administrativa en una compañía de exportación de calzado en Elda. Con la crisis, se quedó sin trabajo, como mucha gente. Estuvo más de seis meses en el paro, tiempo que aprovechó para reciclarse haciendo algunos cursos de informática y seguir mejorando su inglés. Le costó mucho encontrar un buen puesto, pero ahora trabajaba en una oficina del centro y estaba bastante contenta.

Llevaban dos años viviendo juntos en Alicante. Se habían comprado un piso en el barrio de San Blas. No era especialmente grande, pero lo suficiente para ellos dos y, en el futuro, para un hijo. Ya tenían todos los electrodomésticos, pero todavía no habían comprado todos los muebles, solo los del salón y la habitación de matrimonio. Con la paga extra de verano comprarían el resto. Por el momento se arreglaban con poco.

Continuaron caminando hasta el final de la Explanada. Allí se tomaron una horchata bien fresca. Yolanda miró con curiosidad el edificio que tenían enfrente. Lo había visto muchas veces y le parecía uno de los más bonitos de la ciudad.

-Se llama la Casa Carbonell, y es un de los edificios más emblemáticos de aquí…

– ¿Ah, ¿sí? ¿Y qué tiene de especial? – respondió Yolanda con curiosidad.

            -Bueno, está entre la playa y el puerto, frente al mar. Mucha gente lo considera el más bello de Alicante – lo contestó Álvaro, orgulloso.

            -Vaya, pues nunca me lo habías dicho… De todas formas, aquí hay muchos edificios bonitos…

            -Sí, pero esta casa tiene una historia muy especial, ¿sabes? -respondió Álvaro con la intención de provocar el interés en Yolanda.

            – ¿Y tú conoces?

            -Claro…- le respondió con una sonrisa.

            -Pues venga, cuéntamela, soy toda oídos- interrumpió ellas con ganas de escucharla.

            – Vale, bueno la historia de esta casa empezó hace ya casi un siglo, en la ciudad de Alcoy y con un nombre propio, Enrique Carbonell…

Enrique Carbonell era un importante empresario textil de Alcoy, una ciudad al norte de Alicante. Era un hombre de unos cincuenta años, con algunas canas, alto y fuerte, aunque también con algunos kilos de más. Siempre llevaba sus gafas de pasta negra y ropa muy elegante. Gozaba de una buena posición económica. Tenía varias fábricas dedicadas a la producción de todo tipo de tejidos a las afueras de Alcoy. Vivía con su familia en una casa del centro, en la calle San Nicolás, al lado de la Casa del Pavo.

Alicia, su esposa, se dedicaba a las labores del hogar y al cuidado de su única hija, Consuelo. Era una mujer de 47 años, bajita, delgada y con el pelo teñido de rubio. Era una señora muy amable con todo el mundo y sus vecinos la adoraban. Normalmente no trabajaba, pero le echaba una mano a Enrique con la contabilidad de las fábricas. La niña tenía 10 años, era muy alta para su edad, pero estaba muy delgada a causa de una enfermedad respiratoria que sufría desde hacía varios años. Su salud era muy delicada y a menudo tenía problemas para respirar. Su madre había aprendido a vivir siempre pendiente de la salud de su niña, aunque nunca perdía la sonrisa.

Un día Consuelo se puso muy enferma y la llevaron a la clínica de su amigo, el doctor Sarriá. Tenía fiebre y respiraba con dificultad. Sus padres nunca la habían visto así. Estaban muy preocupados por su salud. Después de reconocerla, el médico habló con ellos.

-La enfermedad de su hija no es grave, pero este clima no es bueno para ella. Deberían vivir en la costa, con temperaturas más suaves y más humedad. Además, necesita unos cuidados especiales que aquí no podemos ofrecerle- dijo el doctor.

– ¿Cree usted que debemos vivir en Alicante? ¿Mi hija mejorará con el clima de esa ciudad? -contestó Enrique, u poco nervioso.

-No se preocupe. Consuelo debe continuar su tratamiento, pero su salud mejorará con el tiempo si vive en un clima c el que tiene la ciudad de Alicante -dijo Sarrià.

-Ojalá sea así, ojalá -dijo Alicia cogiendo la mano del doctor.

Sin pensarlo dos veces, Enrique y su familia volvieron a y empezaron a preparar el viaje. Habían decidido estar una larga temporada en Alicante. Sacaron las maletas del trastero y subieron al piso de arriba a recoger lo necesario: ropa, zapatos, bolsa de aseo y medicamentos. A los treinta minutos ya habían cerrado todas las ventanas y habían salido a la calle. Al entrar en el coche, Enrique miró con resignación cómo su mujer cerraba la puerta principal. Permaneció quieto por un momento. Alicia entró en el coche y cerró la puerta. Miró hacia atrás. Consuelo estaba sentada, seria. Sus miradas se cruzaron y gambas se sonrieron. Como Enrique no decía nada, Alicia le preguntó si pensaba que habían olvidado algo, pero él le contestó que no. Arrancó el coche.

 -Enrique, dime algo, estás muy callado -le dijo Alicia

 -No pasa nada, es que mi niña…, ella y tú sois lo más importante-

-Lo sé, pero todo va a salir bien y cuando volvamos a casa, nuestra hija estará sana y feliz -le dijo Alicia, acariciándole la mano.

Cogieron lacalle San Nicolás en dirección al barrio de San a Rosa, donde vivían algunos desus familiares. Pasaron por el ente de Cristina, uno de los muchos puentes quetenía Alcoy, a ciudad cruzada por tres ríos. Llegaron a casa del hermano deEnrique. Allí hablaron con los familiares que iban a encargarse de mantener lacasa y cuidar de los animales. Después de despedirse, volvieron a subir alcoche. Para salir en dirección a Alicante tuvieron que dar un rodeo porquemuchas calles estaban cortadas al tráfico, ya que en estos días se estabancelebrando las fiestas de Moros y cristianos. Todo el mundo esperaba conilusión la llegada de su gran festividad y Enrique y su familia participaban enella todos los años. Les encantaba disfrutar de los desfiles de las filaes que cruzaban toda la ciudad. Las calles sellenaban de alegría, música y color, un ambiente que se respiraba por cadarincón de la localidad. Alcoy, a su gente y su fiesta. La familia Carbonell sepuso en marcha hacia la capital con las maletas llenas de esperanza. De prontoel cielo se nubló y comenzó a llover. Circulaban por una carretera de montañaen mal estado y con muchas curvas. Cada vez llovía más fuerte y Enrique casi nopodía ver nada. Aunque no iba muy rápido, perdió el control del vehículo y sesalió de la carretera. Chocaron con un árbol. Por suerte, todos salieron ilesos.Enrique se había roto la camisa con los cristales de la ventanilla y teníaalgunas manchas de sangre.

Alicia y Consuelo estaban en perfecto estado. Solo sufridas leves y unos pequeños cortes, pero nada grave. En el motor del coche echaba humo y una de las ruedas esta plana. Llovía a cántaros cuando decidieron salir a ayuda. Pronto encontraron algunas casas. Una familia les la puerta y un otro les dio toallas para secarse y un café con leche para entrar en calor. A Consuelo le ofrecieron una taza de chocolate caliente. Mientras hablaban sobre el accidente, la lluvia paró para el momento que aprovecharon para mirar el estado del coche. Repararon el problema del motor y cambiaron la rueda. Enrique y su familia se agradecieron toda la ayuda recibida y se despidieron. Quedaba poco para llegar a la capital, era muy tarde. Serían las dos o las tres de la mañana cuando llegaban al Hotel Palace, uno de los mejores de la ciudad. En principio iban a alojarse en él una semana y habían reservado una habitación para los tres. Bajaron del vehículo y cogieron su equipaje. Estaban mojados y agotados, tenían frio y hambre. Solo querían darse una ducha caliente, cambiarse de ropa y descansar hasta el día siguiente. Tenían cita con un médico, amigo del doctor Sarrià. En la puerta del hotel un hombre los paró antes de entrar en el vestíbulo y después se dirigí la recepción. Allí hizo una llamada y en cuestión de segundos apareció un hombre de mediana edad, moreno, con una falsa sonrisa. Seguramente sería el director o el gerente del establecimiento. Enrique no entendía nada de lo que estaba sucediendo. El señor González, el director del hotel, muy amablemente, le dijo que no tenían habitaciones disponibles en ese momento.

Les invitó a buscar otro alojamiento. Al principio la familia Carbonell intentó explicarle que tenían una reserva y que había un accidente. Sin embargo, el director no parecía escuchar. Fue entonces cuando se dieron cuenta de lo que pasaba. El señor tan elegante no quería alojarlos en su hotel. La familia Carbonell apareció como personas sin recursos. El Hotel Palace era un lugar muy selecto de la ciudad y el señor González no podía admitir a cualquiera en sus habitaciones, sufrido solo la gente de clase alta. Enrique estaba tan sorprendido como su mujer y su hija. Se sentía humillado. No quiso discutir con el gerente ni poner una reclamación, así que tomó sus cosas y se marchó de allí. Alicia cogió de la mano a Consuelo y lo siguieron. Fueron al Paseo de la Reina y allí encontraron un hostal para pasar la noche. Una vez se instalaron, Consuelo se metió en la cama y se durmió enseguida. Alicia preparó un baño e intentó hablar con Enrique. Sabía que él no paraba de pensar en lo que había sucedido en el hotel.

-Tal vez el gerente del hotel nos ha confundido con gente de clase baja, sin recursos. Íbamos mojados, con la ropa rota y sucia. No pasa nada, Enrique. Olvídalo, vamos a descansar y mañana será otro día -dijo Alicia mientras se daba el baño.

 Él no decía nada y ella dejó de insistir. Enrique ni podía ni quería hablar. Lo dejó en el baño, se puso un camisón y se acostó. Al rato oyó cómo Enrique se sentaba en una silla. Estaba mirando por la ventana las pequeñas gotas de lluvia que resbalaban por el cristal. Alicia se quedó dormida. Enrique suspiró profundamente. El primer día en Alicante había sido horrible y pensaba que tal vez se habían equivocado.

Amanecía en Alicante y Enrique ya se había levantado casi las siete. Parecía que el día iba a estar despejado, sin, aunque hacía un poco de frío. Su mujer y su hija estaban durmiendo, así que se vistió sin hacer ruido y salió de la habita. Estuvo un buen rato caminado por el Paseo, a hasta muy que encontró un lugar abierto para tomarse un café. Era muy pequeño y acogedor, lleno de fotos de la ciudad en blanco y negro. Solo había un. Pidió un café con leche y churros. Estaban recién hechos. Cogió el periódico y se puso a leer los titulares mientras se enfriaba un poco el desayuno. Nada llamó su atención en principio. De repente vio una noticia que le gustó mucho. Su cara cambió completamente. Estaba sorprendido, alegre, casi entusiasmado. Después de pagar, salió a la calle con una amplia sonrisa en la cara. El sol había salido completamente. Para Enrique, Alicante brillaba en ese momento de forma especial. Cuando llegó al hostal, Alicia estaba ayudando a Consuelo a vestirse. Tenían cita a las once con un médico, el doctor Peñalver, que iba a tratar a Consuelo durante su estancia en Alicante. Conocía bien el diagnóstico de la niña y el tratamiento que seguía con su colega, el doctor Sarrià. Era un día importante porque iban a hablar con un nuevo médico y a empezar un nuevo tratamiento. Toda la familia tenía grandes esperanzas.